LA ECLESIOLOGÍA EN LA REFORMA Y EN LA CONTRARREFORMA – MARTÍN LUTERO

Cuando hablamos acerca de la eclesiología en los padres de la Iglesia, es muy fácil enfatizar en su experiencia con relación a la Palabra de Dios, dentro de la Iglesia que camina a la luz del magisterio que está propone, alimentando así la espiritualidad iniciada desde los primeros apóstoles; que han dejado en la historia la marca de la vivencia de una experiencia cercana al que nosotros hoy seguimos, Jesucristo; bajo la figura de la Iglesia católica. Ahora bien, cuando debemos hablar de personajes como Martín Lutero, entonces debemos hacer un hincapié en su obra y pensamiento, acerca de la reflexión de una institucionalidad; la cual por caprichos humanos comienzan a manejar a su antojo para complacer a algunos y desfigurar el trabajo de otros.
El panorama eclesiológico que es posible recabar de Lutero es amplio y complejo. Por ello deberemos seleccionar algunos de los aspectos más representativos 1, a través de textos que nos aseguren la objetividad de nuestras apreciaciones; y 2, unas conclusiones mostrarán las distancias que haya que tomar, las salvedades que haya que hacer, y los compromisos que hayamos de mantener dentro de una identidad y compromiso con la Iglesia católica[1].
Martín Lutero presentó en su época una conciencia crítica que, con base en una peculiar experiencia de fe, un riguroso biblicísmo y una profunda sensibilidad ante los males de diverso orden que aquejaban a la Iglesia, fue capaz de convocarla para una reforma. Los perfiles propios de la eclesiología de Lutero pueden insinuar al menos algunos aspectos muy actuales que no pudieran ser pretermitidos por una Iglesia en constante reforma[2].
Hay una serie de autores previos a la reforma protestante que estaban ya de alguna forma pidiendo cambios en la Iglesia. El renacimiento trajo una visión nueva de las cosas, en continuidad pero con una ruptura respecto al paradigma anterior. Algunos de estos autores son: Marsilio de Padua, Guillermo de Ockam, Wyclef o Hus[3].
Marsilio de Padua hablaba de soberanía popular que residía en el pueblo, y que había sido delegado a los gobernantes. El pueblo debería continuar detentando el poder de hacer las normas. Estas teorías las quiso aplicar a la Iglesia, y así toda la autoridad de la Iglesia residiría en el conjunto de los cristianos, que estaban representados por los padres conciliares. El Papa sería el representante del ejecutivo, con una autoridad delegada por el concilio, -única autoridad-, junto con la Sagrada Escritura. La intención histórica de este escritor era dar autonomía y fortalecer al rey de Francia frente al poder del papado, indicando que el poder de la Iglesia debía ser espiritual pero no temporal, por eso diseña y justifica una organización política para la iglesia con más reparto de poder[4].
Guillermo de Ockam aplica su filosofía nominalista a la eclesiología. No importará la totalidad, la estructura sino que el individuo tiene que estar en el centro. Por eso la Iglesia y el papado deben estar al servicio de los hombres, y no dictando tantas leyes. Su oposición al juridicismo creciente de la Iglesia es notable. Lutero lo consideraba su maestro.
Wyclef era favorable a una reforma eclesial, pero en un orden más ético. Hablaba de aumentar la pobreza en los ministros. Los predestinados son los justos, los pobres, los verdaderamente salvados. Los ministros auténticos serán los de vida ejemplar, los demás no son auténticos; y los sacramentos que realicen serán menos ejemplares, volviendo a una especie de donatismo. La Iglesia es algo invisible, un cuerpo místico, y es la Iglesia de los predestinados, de los que sólo Dios sabe quiénes le pertenecen. En el fondo está haciendo de la Iglesia una comunión espiritual antes que una estructura externa, seguramente por el peso excesivo de un juridicismo creciente.
J. Hus, de Chequia, traslada las ideas de Wyclef a su país, escribiendo un tratado sobre la Iglesia. De nuevo la Iglesia lo es de los predestinados, las personas en pobreza son los justos. Fue condenado iniciando un movimiento, los Husitas, actuando contra el emperador y el Papa. Hoy Hus es un símbolo de la resistencia Checa contra los alemanes. Los husitas fueron sofocados y él condenado, pero los aires de reforma y de cambio estaban ya en el ambiente de Europa.
El contexto inmediato anterior a Lutero era el conciliarismo como teoría, junto con la realidad histórica del debilitamiento del Papa por causa del Cisma de Occidente. La Iglesia llegó a disponer de tres Papas distintos, todos considerados legítimos y verdaderos, lo cual debilitó la institución. El único que podía ser garante de si un Papa era herético no podía ser otro papa, sino el Concilio, convirtiéndose así en más importante, al menos en prestigio el Concilio y no el Papado. En el Concilio de Constanza se quiso resolver el problema del Cisma de Occidente, era el año 1418. Se condenó a Wyclef y Hus, renovando la tesis de la Iglesia como depositaria de la autoridad de Cristo.
El representante de toda la Iglesia será el Concilio y el Papa. El Papa debe someterse al Concilio, quedando la obligación de convocar cada cierto tiempo un concilio. Sin embargo, la realidad histórica hizo que con el tiempo continuara la tensión. En Basilea se convocó un nuevo Concilio, pero sus disposiciones no fueron aceptadas por el Papa, que convocó a su vez el Concilio de Florencia, en el 1438. La tensión entre conciliarismo y Papado se resolvió en el V Concilio de Letrán en el año 1516, interpretando la asamblea que lo dicho en Basilea y en Constanza se debía entender de un modo menos extremo. De alguna forma el Papa salía mejor parado que el conciliarismo, sin obligatoriedad para convocar Concilios, pero sin confianza en los mismos. Cuándo se produzca la reforma protestante, los Papas demuestran reparos para convocar un nuevo Concilio, por miedo a que se les vaya de las manos.
Martín Lutero, que aborda la eclesiología como un referente esencial de su teología. Llega a éste convencimiento desde el ensalzamiento de la Escritura, por encima de la comunidad cristiana. La Iglesia cobra otro papel ante la Tradición, la Escritura o el Magisterio. En esa búsqueda y retorno a las raíces Evangélicas, el juridicismo y el clericalismo lo considera desviación del verdadero sentido de la Iglesia, donde lo único importante es la fe en Cristo y la Palabra leída e interpretada libremente.
Su punto de partida es la justificación como idea de salvación. La salvación no viene para Lutero por los méritos de los hombres, sino por el mérito de Dios mismo. La Iglesia no puede salvar, lo hace Cristo mismo. Su antropología es pesimista, el hombre derrotado y corrompido por el pecado original es incapaz de alcanzar por sí mismo la salvación, sólo Cristo puede hacerlo.
La Iglesia es para Lutero comunión de fe, rechaza la jerarquía, afirmando que es invisible. Se opone a lo institucional y externo de la misma. Sobre la autenticidad de los hombres creyentes, sólo es Dios el que conoce, por eso la comunión de los santos es la comunión de aquellos elegidos por Dios. La destrucción de la jerarquía en la Iglesia se contrarresta con la afirmación de que todos los creyentes son sacerdotes en Cristo sacerdote. Sigue a san Pablo negando el sacerdocio ministerial y jerárquico. Los pastores deben estar al servicio de la comunidad, pero son expresión de la comunidad, no una jerarquía en un escalafón. Políticamente continúa las tesis de Marsilio de Padua, la Iglesia es poder espiritual y no debe tener jurisdicción sobre la sociedad, por lo que, si la Iglesia es una institución de la sociedad, debe estar sometida al monarca. Es la frase "cuius regio, eius religio", según sea el Rey será la religión[5].
La práctica sacramental de la Iglesia es otra de las experiencias eclesiales profundas de Lutero: los sacramentos mayores (comunión, bautismo y confesión) se hallan, a su juicio, desfigurados y encadenados por la que él llama "La Cautividad Babilónica de la Iglesia" como intitula uno de sus más representativos escritos. Los restantes cuatro sacramentos del septenario católico no pasan de ser ritos eclesiásticos sin base alguna en la Escritura, pero sí sometidos unilateralmente al arbitrio papal.
Los únicos rasgos de visibilidad de la Iglesia deben ser la predicación y los sacramentos. Acepta sólo el bautismo y la Eucaristía, y rechaza los demás sacramentos, incluido el sacramento del orden. Al dejar de tener significado sacramental el orden sacerdotal, pasan los pastores a tener un sentido funcional, importa que alguien haga ese servicio de atención a los fieles, pero como uno más, no desde el celibato, ni con carisma de gobierno, simplemente preside la predicación y los gestos del bautismo y fracción del pan.
En general los autores reformados fueron en una línea parecida, rechazo a la Iglesia como realidad visible y jurídica, rechazo a los mediadores entre Dios y los hombres (santos, sacerdotes, o jerarquía). Lectura e interpretación libre de la Palabra de Dios. Es verdad que Calvino o Zwinglio tienen matices y pensamientos muy distintos a Lutero y entre sí.
Condicionamientos Socio-Políticos:
No es posible aislar, sin atentar contra la verdad de la reforma, los problemas sociales y políticos propios de la época; la conflictividad que planteaban los fervientes nacionalismos era el denominador común que autorizaba la sospecha y el cuestionamiento de todo el sistema eclesial romano[6].
Lo que sí entramos es en la respuesta de los católicos, la contrarreforma y su pensamiento, que estuvo seguramente condicionada por la suspicacia de los Papas ante el conciliarismo. Por eso, la Contrarreforma Católica llegó tarde y sin la posibilidad de unificar y reconciliar a los cristianos. También es cierto que los problemas políticos entre el Emperador, fiel al catolicismo, y los príncipes alemanes, partidarios de la reforma, impidieron que el deseo de unificación, con el que en principio se convocó el Concilio de Trento, fuera posible.
El Concilio llegó tarde, y hay que verlo en el contexto de la época. El interés que nos ocupa, además de las disensiones sobre cuestiones de sacramentos o la doctrina de la justificación, es su concepción eclesial. Los problemas eclesiológicos se centraron en tres cuestiones que no se acabaron de resolver del todo: la relación Papa y Obispos, la de éstos y los sacerdotes, y finalmente la relación jerárquica entre Escritura, Magisterio y Tradición. Tendremos que esperar al Vaticano II, para situar mejor estas cuestiones, no desde la lucha por el poder, sino en la colaboración, corresponsabilidad y comunión de la Iglesia.
En Trento interesaba mucho lo jurídico, el Obispo tenía potestad de orden jurídica, ¿de dónde le venía? Para unos del Papa, que sería un obispo superior a los demás, para otros de la ordenación misma, por lo que la potestad de los obispos era mayor. En el fondo un eco de la polémica del pasado, concilio o papado, pero que fue arrastrada hasta el Concilio Vaticano I en el siglo XIX y la afirmación de la infalibilidad Papal, que el Concilio Vaticano II volvió a equilibrar.
La segunda polémica eclesial estaba dada por la relación presbíteros y episcopados. Su solución fue parcial, se dijo que la jerarquía era una institución divina, originada desde un sacramento, pero tampoco resolvió la superioridad de la ordenación episcopal sobre los presbíteros o sacerdotes. Hoy responderíamos que es una superioridad jurídica, pero no sacramental. La potestad jurisdiccional es distinta al grado conferido en la ordenación. Sólo habría dos grados, y los obispos y sacerdotes coinciden en el mismo. Pero en aquel momento no lo resuelven. La tercera polémica eclesial era el papel del Magisterio y de la Tradición en la Iglesia, que fue explicado, con sus matices pertinentes, en el capítulo dedicado a la revelación, y que hoy actualizamos desde el documento Dei Verbum del Vaticano II.
Después de Trento y los intentos de contrarreforma surgen importantes grupos transformadores de la Iglesia. En España especialmente aparece la reforma del Carmelo, llevada a cabo por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, cumbres de la literatura mística universal. Otra de las reformas que nos interesa es la aparición de la Compañía de Jesús, los Jesuitas, como grupo especialmente comprometido con el Papa, al que ofrecen un cuarto voto de obediencia, en una confrontación abierta ante los protestantes. Serán el brazo del catolicismo en Europa durante varios siglos, promoverán la educación, la evangelización y la independencia de la Iglesia frente al poder absolutista de los monarcas. De hecho, las persecuciones a la Iglesia por parte de los Estados Absolutistas, se hicieron en la Compañía de Jesús preferentemente.
En los siglos siguientes surgió con fuerza el episcopalismo, XVII y XVIII. Se trata de un movimiento que quería resaltar la jerarquía episcopal como instancia de poder en la Iglesia, al mismo nivel que el Papa. Es un nuevo intento de conciliarismo, pero sin concilio. El episcopalismo trataba de anular el primado del Papa frente al Colegio Episcopal, normalmente con una intención de someter a la Iglesia y a los Obispos a las directrices de los Monarcas. Donde más cuajaron estas doctrinas fue en Francia, fraguando en otros países europeos, España o Portugal. El más significativo fue el llamado galicanismo francés, un obispo no es igual que el Papa, pero todos los obispos sí son iguales que el Papa, decían los Galos.
Conclusiones:
Los intentos eclesiológicos de Lutero se revelan como intentos graves por rescatar el ser genuino de la Iglesia y la purificación de todos sus desniveles morales y organizativos. Las intuiciones luteranas en pro de una Iglesia menos clerical y más Cristiana, participativa, en real comunión, no podríamos decir que han influido, pero sí son coincidentes con los propósitos generalizados, al menos en teoría, del momento eclesiológico actual.
En los niveles doctrinales de la eclesiología luterana son muchos y variados los aspectos que el teólogo católico tiene que afirmar que fueron recuperados por la Iglesia del Vaticano II: el ser esencialmente comunitario de la Iglesia, lo jerárquico entendido desde y para lo comunitario, la paulatina y trabajosa desclericalización del ministerio eclesial, la relación sacerdocio común y jerárquico, el retorno a la Sagrada Escritura, la concepción mejor lograda del magisterio eclesial con respecto a la revelación, la unidad frontal de Escritura y Tradición y el lugar propio en que deben ser situadas las tradiciones eclesiásticas, la reforma sacramental y litúrgica[7].
En el análisis de los acontecimientos de la reforma: el sentido y la práctica de la autoridad eclesial en tiempos de Lutero difícilmente podrían brindar perspectivas diferentes al endurecimiento defensivo de jerarcas y al ataque incontrolado y ciertamente virulento de los reformistas. Hoy, pese a prácticas eclesiásticas no muy concordes con la comunión y la participación, diríase que se ha renovado bastante el sentido de fraterna igualdad, de práctica más evangélica de la autoridad, de sentido de la colegialidad, de reforma sacramental, de acceso, aunque dificilísimo y obstaculizado, de los laicos a ciertos ministerios eclesiales.
Es por todo ello, que cada día debemos estar más seguros en qué tenemos puesta nuestra fe, para que cuando lleguen las mareas y las dificultades, podamos saber de qué manera afrontarlas y así hacer respetar los principios de nuestros padres de la eclesiología en la historia de la Iglesia, en todo el mundo. Y se cumpla las promesas anunciados desde los profetas hasta nuestros días, y pensar en qué le vamos a dejar a las generaciones futuras; que cada vez piden que se les enseñe como son las cosas: verdaderamente seguras, confiables y verídicas.
[1] RAMÍREZ, Hennes, C.J.M. Perspectivas Eclesiológicas de Lutero, p. 124.
[2] RAMÍREZ, Hennes C.J.M. Perspectivas Eclesiológicas de Lutero, p. 127.
[3] Tomado de internet: http://geocities.ws/cursoteologia/cap/cap1809.html. 05/09/2015. 14:30 p.m.
[4] Ibíd.
[5] Ibídem.
[6] RAMÍREZ, Hennes, C.J.M. Perspectivas Eclesiológicas de Lutero, p. 138.
[7] RAMIREZ, Hermes, C.J.M. A la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana, p. 94.