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La Unidad de la Iglesia en la eclesiología del Cardenal Henri de Lubac


Biografía del Cardenal Henri de Lubac


Henri de Lubac, uno de los principales pensadores de la corriente de la Nouvelle Theologie francesa, y uno de los intelectuales más grandes del pensamiento católico en el siglo XX, nació en Cambrai, Francia, el 20 de febrero de 1896. En 1913, a los 17 años, ingresó como novicio en la Compañía de Jesús. Hubo de interrumpir sus estudios en 1917, cuando en razón de la guerra fue convocado al frente franco-alemán, donde fue herido.


Posteriormente retomó la formación jesuítica, ahora en Inglaterra. Fue amigo de Auguste Valensin, que lo llevó a seguir las huellas del filósofo Maurice Blondel y del jesuita Theillard de Chardin, entre otros. En 1929 es profesor de Teología Fundamental e Historia de las Religiones en la Facultad de Teología de Lyon. La preferencia por esta materia tal vez le venga de Bondel, y en el grupo de especialistas que se dedicaban a la misma estaban, entre otros, Chenú, Congar y Bouillard, gran partidario de Henri de Lubac. Es a fines de los años treinta que se nuclea en torno a de Lubac un grupo de teólogos jesuitas que demuestra una notable vivacidad intelectual. Las ideas de los llamados “nuevos teólogos” se resumen en dos coordenadas:

  • Una valoración de la instancia moderna (importancia de la subjetividad, de la historicidad, de la realidad existencial)

  • Pero primeramente un retorno a la Tradición, a las fuentes, especialmente a la teología Patrística, que les permite relativizar determinadas cosas del neotomismo.

Frente a estas tentativas, se levantarán sospechas y disidencias en el mundo teológico católico, sobre todo de los teólogos dominicos como Garrigou Lagrange y Labourdette

Entre 1935 y 1940 fue profesor en la universidad de los jesuitas de Fourvière. Estudió toda la tradición cristiana, pero con gran preferencia en los Padres. Fue un gran interesado en la obra de Orígenes. En grado menor, pero igualmente intenso, estudió la medievalidad.


Se ocupó también de otras tradiciones religiosas, como el Budismo, al cual le reconocía importancia en la historia espiritual de la humanidad, aunque marcaba también sus límites, límites expuestos en una mística demasiado “natural”, ignorando la revelación hecha por Dios en Jesucristo, desconociendo la vocación última de la humanidad. De Lubac siempre diferenció claramente entre el movimiento ascendente del intento del hombre por descubrir a Dios, por llegar a Dios, y el movimiento descendente en el que Dios se Revela al hombre y le ofrece su salvación.


Junto con Danielou el P. De Lubac fundó la colección patrística “Sources Chrétiennes”, destinada a hacer conocer los mejores textos de los Padres de la Iglesia. Congar pidió a de Lubac que escribiese uno de los primeros volúmenes de la serie Unam Sanctam, y Lubac le envió Catholicisme, les aspects sociaux du Dogme. Uno de los problemas que atrajo su atención y lo ocupó mucho fue el de la relación entre lo natural y lo sobrenatural; entre la pregunta del hombre por Dios y las consecuencias de la respuesta divina en la existencia terrenal y el desarrollo del hombre; entre la impotencia de la pregunta y la Gracia de la respuesta.


En 1942 Lyon fue ocupada por los alemanes, y Lubac entró en la Resistencia, como Capellán Militar. Allí se relacionó con mucha gente, incluso con comunistas, lo que le llevó a estudiar a Feuerbach, Marx, Proudhon, Niestche y Compte. De esta etapa surge la génesis de varios libros sobre el marxismo y el humanismo ateo, que por entonces se alzaban como amenazas reales en el horizonte. Frente a la pretensión de Feuerbach, de edificar un mundo sin Dios o contra Dios, él opone la fe de un Dostoievski, profetizando el fracaso del ateísmo moderno. De esta época surge “El drama del Humanismo Ateo”, en donde se vuelcan sus estudios sobre Proudhon, y es un llamado de atención sobre la crisis espiritual del hombre contemporáneo de occidente.



La cuestión de “Surnaturel”


Poco después de la guerra, en 1946, aparece Surnaturel, resultado de muchos años de estudio, sobre la relación entre Teología y Filosofía, fe y razón. En Surnaturel de Lubac adopta una nueva posición en un debate histórico: por su creación, sobre la base de su ser, el hombre ha sido efectivamente llamado a la comunión con Dios, a la consumación trascendente de su anhelo de felicidad. No puede imaginar una naturaleza pura del hombre. La vocación última del hombre está, para de Lubac, inscripta en la naturaleza misma del hombre, según la frase de Agustín: “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón no tendrá reposo hasta que descanse en ti”. De esta manera, de Lubac postulaba una cierta exigencia de lo sobrenatural, difuminando así la distinción entre naturaleza y Gracia.


Su postura despertó una gran polémica, que envolvió a los teólogos de la Nouvelle Theologie, por un lado, y a los ambientes escolásticos por el otro, que veían que el Padre de Lubac se salía notoriamente de la enseñanza de Santo Tomás. Pero fundamentalmente la postura del Padre de Lubac fue encontrada excesivamente humanista, poniendo en peligro la gratuidad de la gracia de Dios. Se vio, en la postura de Lubac, sobrevolar el fantasma del modernismo queriendo entrar como un caballo de Troya en la inmutabilidad de la verdad eterna. Por lo mismo, de Lubac tuvo problemas con el Santo Oficio y con sus superiores de la Sociedad de Jesús, hasta el punto de que el General de los jesuitas lo suspendió de la enseñanza en las Facultades de Lyon y Fourviére junto a cuatro compañeros jesuitas más, por “errores perniciosos sobre puntos esenciales del dogma”.


La Humani Generis, de Pío XII, en 1950, terminó de defenestrar la postura de Lubac, reafirmando la absoluta gratuidad de lo sobrenatural. La encíclica no nombraba a de Lubac, ni condenaba a nada ni a nadie. Pero contenía alusiones claras referentes a las luchas de los nuevos teólogos, reafirmando las normas que debían seguirse en todo recurso a las fuentes a fin de evitar los relativismos dogmáticos, defendiendo además la validez del método especulativo en la teología. A partir de su salida de la enseñanza, De Lubac se dedicó a rescribir varios de sus libros, entre ellos Surnaturel. En 1953 vio la luz su Meditation sur l’Eglise, obra maravillosa que lo muestra en toda su dimensión, y a la vez bellísima profesión de fe en la Iglesia que amaba. En 1958 fue designado miembro del Instituto de Francia. Volvió a la enseñanza después de 1959.


El Concilio Vaticano II dio a este teólogo la oportunidad de verse reconocido. Fue perito convocado por el Papa Juan, y muchos de los escritos conciliares llevan su marca. En este tiempo trabó amistad con el entonces obispo Karol Woytyla. Poco después va a ser nombrado consultor en el Secretariado para los no creyentes y en el Secretariado para las religiones no cristianas. Formará parte de la Pontificia Comisión Teológica Internacional; pronunciará una serie de conferencias y cursos. Hizo un estudio sobre el filósofo moderno Pico della Mirándola; se preocupó mucho por estudiar y reflexionar sobre la crisis de la Iglesia; y defendió la ortodoxia del pensamiento del P. Teilhard de Chardin. En 1983, el Papa Juan Pablo II le elevó a la dignidad cardenalicia.

En 1985 publica un intercambio epistolar comentado entre Gastón Fessard y Gabriel Marcel. Falleció en enero de 1991, a la edad de 95 años.



Aspectos del pensamiento del Cardenal Henri de Lubac


La obra de de Lubac es fundamentalmente el itinerario de fe de un creyente convencido de la catolicidad y la unidad de la Iglesia.


El modernismo


Con Danielou, de Lubac creía que el modernismo era una respuesta errónea a un problema real. El error de la teología dominante no fue condenarlo, sino de no buscar la raíz, negar la existencia misma del problema que lo había generado. Que el modernismo era una respuesta errónea, no cabía la más mínima duda En su tentativa de adaptarse a la modernidad, estaba dispuesto no sólo a abandonar elementos secundarios, obsoletos efectivamente, sino al mismo núcleo fundamental del dogma.

De Lubac insiste en su obra que el núcleo central de la Historia y del mundo es Cristo, que se convierte en el punto de partida de su teología, iluminando la historia entera, dominada por el hecho Cristo; preparado por el Antiguo Testamento, encarnado en el seno virginal de la Virgen María, donado en los Sacramentos, difundido en la Iglesia hasta el fin de los siglos.

Lo que constituye la unidad de la teología es el acto redentor de Cristo, y este acto redentor es la clave de sentido de toda la Sagrada Escritura. Es por ello que de Lubac propugna salir de una hermenéutica puramente filológica y cientificista, a favor de métodos exegéticos más cristocéntricos y teológicos. Por ello revaloriza la interpretación espiritual y tipológica propia de los Padres de la Iglesia, que, más allá del alegorismo propio de esta interpretación, revela el verdadero sentido de la Escritura.


La exégesis espiritual


Su familiaridad con la obra de Orígenes le permitió desarrollar su idea de la importancia de la exégesis espiritual de la Sagrada Escritura: ella no tiene solamente un sentido literal, sino que porta además muchos misterios que sólo pueden ser plenamente develados a la luz de Cristo. De aquí su doctrina sobre los diversos sentidos de la Escritura. A esta doctrina está ligada una interpretación de la relación entre los dos testamentos: “El Nuevo, todo entero, es preparado por el Antiguo; y al mismo tiempo el Antiguo, todo entero, se debe interpretar a través del Nuevo”. Esta relación implica, asimismo, la visión específicamente cristiana de la Historia. Todas las fases de la historia están ordenadas al Advenimiento centra de Cristo que, por su venida, hizo nuevas todas las cosas. Y es por la Iglesia que la novedad cristiana se hará presente a lo largo de toda la historia.



La eclesiología de de Lubac


Es en la Eclesiología donde los aportes del Cardenal de Lubac reflejan más fielmente su pensamiento. La gran preocupación del Cardenal de Lubac será la de mostrar a la Iglesia no como algo ajeno a la vida del mundo y de los hombres, sino todo lo contrario. En esto sigue a los Santos Padres: realidad cristológica de la Iglesia, y realidad eclesiológica de Cristo.

El fin de la Iglesia es mostrarnos a Cristo, llevarnos a Él y comunicarnos su gracia: “Nunca se dará el caso, ni aún en las más altas cimas de la vida espiritual, de que pueda alguien llegar a tener tal conocimiento del Padre que en adelante le dispense de tener que pasar por Aquél que continúa siendo siempre y para todos “el Camino” y “la Imagen del Dios Invisible”. Esto mismo debe aplicarse a la Iglesia, cuyo fin es el mostrarnos a Cristo, llevarnos a El y comunicarnos su gracia, lo que equivale a decir que la única razón de su existencia es la de ponernos en comunicación con El”[1]

La Iglesia es, dice, un proceso de reunión de los hombres con Dios. La realización personal del hombre consiste en realizar en uno mismo la imagen de Dios que tiene el hombre desde su creación, imagen que fue destruida y desfigurada por el pecado. Es por ello que las relaciones entre los hombres han pasado a ser bruscas y hostiles.

Pero Dios reúne todo lo disperso bajo un nuevo principio: Cristo, el Dios hombre que al tomar la naturaleza humana restaura el orden interior de los hombres y de las cosas, re-formando la imagen de Dios en los hombres, y todas las cosas re-encuentran su sentido. Esta restauración en Cristo y por Cristo es, para el cardenal, la misma Iglesia, que atañe de esta manera a la estructura social de la humanidad, ya que no llegamos a ser nosotros mismos sino únicamente a través del todo, incorporándonos a Cristo en la Iglesia.


Pero la unidad de esta Iglesia, de la humanidad en Cristo, es distinta de la de un todo, ya que sus miembros no pierden ni su libertad ni su responsabilidad personal.

La catolicidad es parte del misterio más profundo de la Iglesia. La Eucaristía hace la Iglesia, y la Iglesia hace la Eucaristía.


Una imagen cara a Lubac es la de la Iglesia como Madre. También en esto sigue a los Padres. Repetirá varias veces en su obra aquello de Cipriano: “No puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia como Madre”. Algo muy actual de su pensamiento, algo que nos viene muy bien para reflexionar hoy: de Lubac plantea de una manera nueva, creativa, positiva, el viejo principio “Extra Ecclesia nulla sallus”. Si el mundo perdiera la Iglesia, perdería la redención. La Iglesia forma parte ineludible de la Economía de la Salvación. “El que, cediendo a las sugestiones de un falto espiritualismo, pretendiera desembarazarse de la Iglesia como de un yugo, o prescindir de ella como de un intermediario engorroso, acabaría muy pronto abrazándose con el vacío o terminaría entregándose a dioses falsos”[2].


La Iglesia es Católica más allá del hecho cierto de su extensión por el mundo:

“La Iglesia no es católica por el hecho de estar actualmente extendida por toda la superficie de la tierra y contar con un crecido número de miembros. La Iglesia era ya católica la mañana de Pentecostés, cuando todos sus miembros cabían en una reducida sala... Esencialmente, la catolicidad no es cuestión de geografía, ni de cifras... Es primordialmente una realidad intrínseca a la Iglesia[3]” .



La santidad de la Iglesia


La santidad del cuerpo místico de Cristo brilla a través de su misma visibilidad. La santidad, como la catolicidad, es algo intrínseco a la Iglesia. Y esto se da independientemente de los méritos personales de los miembros de la Iglesia. Sabemos que la Iglesia, en este mundo, es y será una realidad en la que conviven santidad y pecado: “No pensemos, como los donatistas, que hay un grupo de «perfectos» o de santos predestinados. La Iglesia es, en este mundo, y continuará siendo hasta el fin, una comunidad compleja: trigo mezclado con paja, arca que contiene animales puros e impuros[4], barco repleto de malos pasajeros que siempre parece que lo van a arrastrar al naufragio”[5].


El pecado no mancha la santidad de la Iglesia. Porque la santidad no es, en la Iglesia, mérito de sus miembros, sino cosa de Dios. Los pecadores que no reniegan de la Iglesia (y que son la mayoría, dice de Lubac) siguen formando parte de ella, aunque como miembros enfermos, secos, y hasta muertos. “Los pecadores que no han renegado de ella (de la Iglesia) continúan realmente formando parte de la misma, y sabemos muy bien que ellos constituyen su inmensa mayoría. Aunque no viven según el Evangelio, todavía sin embargo creen por ella en el Evangelio, y este vínculo, que no sería suficiente para constituir la Iglesia, es suficiente, aún debilitado hasta el extremo, para que estos pecadores continúen siendo miembros suyos, aunque «enfermos», «secos», «podridos» o hasta «muertos»[6]


Como queda dicho, de Lubac sostiene claramente que la santidad de la Iglesia le viene sólo de Dios. La posee perfectamente desde el primer instante de su existencia y la transmite siempre integralmente, independientemente del valor humano o de la situación moral de losinstrumentos de los que Dios se sirve en ella. En este sentido ella es santa e indefectible, y por lo mismo santificadora. Su doctrina es siempre pura, como siempre es pura la fuente de donde manan sus sacramentos. Dirá, con San Cipriano: “La Esposa de Cristo no puede tener mancilla; es pura e inmaculada; no conoce más que una sola mansión; con un pudor casto guarda la santidad de un solo hogar”.


Dice además el cardenal de Lubac que esta conciencia de pecado y santidad está ya en los primeros cristianos: “Cuando las primeras generaciones cristianas, adoptando un término bíblico y paulino, hablaron de «Iglesia de los santos» no es que se forjaran el concepto orgulloso de una Iglesia, grande o pequeña, en la que sólo los puros tenían cabida, lo mismo que, cuando hablaban de la «Iglesia Celestial» no desconocían las condiciones de su existencia terrena”[7]. Tenían clara conciencia de que la Iglesia en sí no tiene pecado, pero que en sus miembros nunca está sin pecadores. Sabían bien, dice de Lubac, que la perfección está reservada al más allá. Aún los miembros que viven una vida santa tienen esta santidad como una realidad frágil: “En cuanto a sus mejores hijos, también ellos se encuentran siempre en vías de santificación y su santidad no pasa de ser precaria: todos tienen que huir siempre de la malicia del mundo refugiándose en la misericordia de Dios”[8]. La Iglesia de los santos de aquí abajo es una anticipación, y no pasaría de ser una ilusión si no fuera una esperanza.



La unidad de la Iglesia


De Lubac reacciona siempre contra cualquier intento de quebrar la unidad intrínseca de la Iglesia. En Lubac la Unidad de la Iglesia se fundamenta en la obra salvífica de Jesucristo. Jesucristo, extendido y comunicado, acaba (en cuanto puede realizarse aquí) la obra de reunificación espiritual, necesaria por el pecado, que comienza con la Encarnación y culmina en el Calvario. Para fundamentar la Unidad de la Iglesia Lubac apela mucho al testimonio vivo de los Padres. Así, con San Juan Crisóstomo, dirá, comentando a San Juan, que al reunir a los que estaban cerca y los que estaban lejos, Cristo hace de unos y otros un solo cuerpo. Con Agustín, exclama: “Tú unes entre sí a todo el género humano, por la creencia en la comunidad de nuestro origen, de suerte que los hombres, no contentos con asociarse simplemente, se hacen por así decir hermanos”.[9]


La Iglesia es una, es Católica. Pero no es católica por estar extendida y tener gran número de fieles: era ya católica la noche de Pentecostés. La catolicidad, como la santidad, es algo intrínseco a la Iglesia.


Todos, cualquiera sea su origen, raza o condición, son llamados a ser uno con Cristo, y la Iglesia es principio de esta unidad, dirá, basándose en San Ambrosio.


Con San Agustín, dice que la Iglesia hace de los seres que reúne un solo todo. La humanidad es una, y la misión de la Iglesia es revelar a los hombres la unidad nativa perdida; restaurarla y acabarla.


Ya en Pentecostés se produce un signo de unidad: las lenguas de fuego, que preanuncian el don de lenguas, aquél por el que todos comprenden lo que los discípulos hablan, preanuncia la predicación a todo el orbe: tiene una misión unificadora.


Es tan grande la unidad de la Iglesia, que ésta se presenta constantemente personificada, en la obra de los Padres. Ella es la Prometida, la esposa de Cristo, es Pueblo Escogido, es Hijo de Dios.

La unidad se fundamenta en la caridad: si jamás es es auténtica la caridad que no valora la unidad., la unidad es sólo aparente donde no reina la caridad. Dirá, con Hugo de San Víctor: “Caritas unitas est Ecclesiae. Sive caritatem, sive unitatem nomines, idem est, quia unitas est caritas, et caritas unitas”[10]


La Iglesia es un Israel Espiritual, una nación, pero ahora reclutada en toda la tierra. Sólo donde está Cristo está el verdadero Israel. Como dice Justino: “La raza israelita verdadera, espiritual, somos nosotros, los cristianos”.


Contra los protestantes, dirá: La Iglesia no es una simple federación de Asambleas locales. Y mucho menos la simple reunión de quienes han adherido al Evangelio y se juntan por exigencias del culto por cualquier otra circunstancia. No es un órgano exterior creado o adoptado por la comunidad de creyentes después. Es mucho más, en su unidad, que el agregado de pastores y rebaño La vocación divina que la hace real, y el principio divino que la anima la hacen siempre anterior y superior a todo cuanto se puede contar y distinguir en ella.


La idea primitiva de Iglesia está en relación de continuidad con la idea hebraica de QAHAL, que Septuaginta traduce como Ekklesía. QAHAL: realidad bien concreta, la totalidad del Pueblo de Dios. Pero la palabra ekklesía tiene la ventaja de subrayar otro aspecto esencial de la Iglesia: la ekklesía precede lógicamente a los kletoí. Los convoca y los reúne con miras al Reino. Es convocatio antes de ser congregatio.


La unidad de la Iglesia, para de Lubac, no es sólo la de la Iglesia invisible. También la Iglesia visible, madre de todos, la hace realidad. Al respecto, hay que descartar una disociación peligrosa, llevada a cabo por espíritus quiméricos, como aquella que contrapone la Iglesia visible, jerárquica, creación humana, a la iglesia “invisible”, espiritual, toda interior, la única que sería objeto de fe.


Con respecto a la ruptura de la unidad de la Iglesia, dice De Lubac: “Desgarrar la unidad es corromper la verdad, y el veneno de la discordia es tan pernicioso como el de la falsa doctrina[11]. También cita ejemplos de Clemente de Alejandría y Orígenes. El que produce cismas o quien provoca la discordia atenta contra lo que hay de más querido por Cristo, puesto que atenta contra ese cuerpo espiritual por el que Cristo sacrificó su cuerpo de carne, dirá siguiendo a Tertuliano[12].


Los cristianos «disidentes», dice el Cardenal de Lubac siguiendo a la encíclica Mystici Corporis, de Pío XII, están simplemente «ordenados» a la Iglesia: “Los «infieles» de buena fe, y aún los cristianos disidentes (cuya situación es realmente muy distinta) solamente están ordenados a ella (a la Iglesia) «por cierto deseo y anhelo inconsciente»[13], sin que pueda decirse que son miembros suyos en el sentido exacto y genuino de esta palabra, «reapse»[14]. Sin embargo, en nota al pié el Cardenal aclara que en cierto sentido, y en una medida que hay que precisar, y tal como lo dice el breve Singulari Nobis, del papa Benedicto XIV (1749), los disidentes están realmente incorporados a la Iglesia, porque hay grados en la incorporación a la Iglesia.


Un tema particular: la salvación fuera de la Iglesia una


El Cardenal de Lubac sostiene, con Santo Tomás de Aquino, que “la gracia de Cristo es universal y que el medio concreto de salvarse (en el sentido pleno de la palabra) no le falta a ninguna alma de buena voluntad; y que no hay hombre, no hay infiel cuya conversión sobrenatural no sea posible a Dios desde el umbral mismo de su vida razonable”[15]. Pero tiene bien claro el cardenal que existe un problema que no se puede rehuir: Cristo no sólo cumplió su sacrificio redentor, sino que además predicó una Ley y fundó una Sociedad. Y ordenó a sus discípulos extender una y otra. Declaró además que la fe en su persona y la incorporación a su Iglesia eran la condición de salvación. La pregunta que se impone es entonces: si todo hombre puede, aunque sea precariamente, salvarse: ¿para qué la Iglesia? ¿Para qué el hecho de manifestar que su expansión es la más urgente de sus tareas? Y además, si todo hombre puede salvarse… ¿para qué entrar en la Iglesia? El cardenal contesta:

“El género humano es uno. Por nuestra primera naturaleza y todavía más por nuestro común destino, somos los miembros de un mismo cuerpo. Ahora bien: los miembros viven de la vida del cuerpo. ¿Cómo pues, habría una salvación para los miembros si, por un imposible, el cuerpo mismo no hubiese sido salvado? Pero la salud para ese cuerpo (para la humanidad) consiste en recibir la forma de Cristo, y esto no es posible sino por medio de la Iglesia Católica. ¿No es ella, en efecto, la única mensajera integral y autorizada de la revelación cristiana? ¿No se extiende por medio de ella en el mundo la práctica de las virtudes evangélicas? ¿No es finalmente ella quien tiene a su cargo realizar, en la medida en que se presten a ello, la unidad espiritual de todos los hombres? Así esta Iglesia, como cuerpo invisible de Cristo se identifica con la salvación final, como institución visible e histórica es el medio providencial de esta salvación. «En ella sola se rehace y se re-crea el género humano”[16].


De Lubac sostiene que fuera de la Iglesia la humanidad puede elevarse a ciertas alturas espirituales. No todo está corrompido necesariamente, y pone como ejemplo al budismo, aunque, dice, algo le falta a la caridad budista, como también algo le falta a la espiritualidad hindú… Fuera del cristianismo, sostiene el Cardenal, nada llega a su Término, “al único Término donde tienden sin saberlo todos los deseos humanos, todos los esfuerzos humanos, que es el abrazo de Dios en Cristo”[17].


Los más pujantes esfuerzos de la humanidad tienen absoluta necesidad de ser fecundados por el cristianismo para producir su fruto de eternidad. La Iglesia histórica es necesaria para transformar y llevar a cabo el esfuerzo humano, aún cuando ella misma no está acabada. La Iglesia es un cuerpo en crecimiento, un edificio en construcción, dice citando a Próspero. Y este crecimiento de la Iglesia, esta extensión de la Iglesia, beneficia a toda la humanidad, incluso a los infieles.

“La humanidad está hecha de personas, todas las cuales, sea cual fuere la categoría, el siglo o el lugar de su nacimiento, tienen un mismo destino; singular y eterno, y cuyas relaciones no pueden concebirse como puramente exteriores, como si unas tuvieran solamente que preparar las condiciones de desarrollo de las otras, según la paradoja de Renan sobre el advenimiento de un superhombre. En la extrema diversidad de sus luces y de sus funciones, todos los miembros de la familia humana gozan de una esencial igualdad delante de Dios. Providencialmente indispensables a la edificación del Cuerpo de Cristo, los «infieles» deben beneficiarse a su manera de lops intercambios vitales de este cuerpo. Por una extensión del dogma de la Comunión de los Santos, , parece, pues, justo pensar que, si bien no están ellos mismos situados en las condiciones normales de salvación, podrán al menos obtener esa salvación en virtud de los vínculos misteriosos que los unen a los fieles. En resumen, podrán ser salvados porque forman parte integrante de la humanidad que será salvada”[18].


Con respecto al axioma histórico: “Extra Ecclesia nulla sallus”, el cardenal sostiene que este venerable axioma no significa que nadie que no esté exteriormente vinculado a la Iglesia se haya salvado jamás, ni que se pueda decir con ello: «fuera de la Iglesia serás condenado» sino «Por la Iglesia, y solamente por la Iglesia serás salvado». Porque “Es por la Iglesia por donde vendrá la salvación, por donde comienza a venir para la humanidad”[19].



Iglesias particulares e Iglesia universal


El Cardenal de Lubac tiene bien claro el íntimo vínculo que existe entre la Iglesia Universal y las Iglesias particulares, vínculo en el que la Iglesia Universal pide necesariamente a las Iglesias particulares, pero a la vez las Iglesias Particulares son ellas, cada una, y constituyen ellas, cada una y todas a la vez, la Iglesia universal. De Lubac deja claro que la Iglesia universal no es una confederación de Iglesias particulares, cada una con su obispo como responsable y jefe autónomo. Cada obispo al frente de una Iglesia particular es igual al obispo de Roma en cuanto obispo de una Iglesia particular; al heredar una función episcopal que tiene su fundamento en los apóstoles. Veamos su pensamiento en una conferencia dada en el Centro de estudios "San Luis de Francia" de Roma, el 28-X-1971:


“Jamás ha habido cristianismo sin Iglesia. Jamás ha habido Iglesia universal sin Iglesias particulares. Donde quiera que se celebre la Eucaristía, está la Iglesia católica entera. El obispo de la más pequeña aldea es, a este respecto, como decía san Jerónimo, igual al obispo de Roma. Pero, al mismo tiempo, jamás ha habido Iglesias particulares autónomas, que se hayan federado en una Iglesia universal; al igual que los doce discípulos, escogidos por Jesús, no se han federado entre sí. En la multiplicidad de sus realizaciones, la Iglesia es fundamental de sus miembros, el Colegio episcopal es fundamentalmente uno.


El Colegio episcopal sucede, en todo lo que tenía de transmisible, al Colegio de los Doce. Los que ejercen la función episcopal son conscientes del origen apostólico de la misma.

Exactamente igual que el de los Doce, el Colegio de los obispos no existe de forma intermitente. Es una realidad permanente, como también indivisible. En este doble sentido, es universal. Por tanto, nada tiene que ver con un gobierno de asamblea, y mucho menos con un sistema de reuniones particulares, nacionales o regionales; aunque la historia de la Iglesia está llena de tales asambleas, frecuentemente muy útiles. Su cohesión se manifiesta de diversas formas, concretamente, por los lazos que establecen entre sí, en nombre de sus Iglesias, obispos o grupos de obispos; lazos que en tiempos fueron estrechos, y cuya costumbre debemos lamentar se haya perdido hoy casi por completo. Pero su labor más esencial se ejerce día a día, por el simple hecho de que cada obispo enseña en su propia Iglesia la misma fe y conserva la misma disciplina fundamental que los otros obispos en las suyas” .

Pero tal vez un texto que resuma admirablemente el pensamiento del cardenal De Lubac en torno a la Unidad y Santidad de la Iglesia sea éste que ofrecemos, extraído de “La Iglesia, Misterio y Paradoja”:


"La Iglesia es a la vez humana y divina, a la vez un don del cielo y un producto de esta tierra… Está orientada hacia el pasado, que contiene un memorial que ella sabe bien nunca es pasado; se orienta hacia el futuro, eufórica por la esperanza de una consumación indescriptible de la que ningún signo sensible de la naturaleza nos da una clave. Destinada en su forma actual a dejar todo tras de sí como ‘la imagen de este mundo’, está destinada en su más íntima naturaleza a permanecer intacta hasta el día en que se llegue a manifestar lo que ella es. Compleja o multiforme es, sin embargo, una, y altamente preocupada por la unidad. Ella es un pueblo, la inmensa multitud de los anónimos y sin embargo -- no hay otra palabra para expresarlo -- el más personal de los seres. Católica, esto es universal, que quiere que sus miembros se abran a todos los horizontes y sin embargo ella misma nunca se muestra completamente abierta sino cuando está tranquila en la intimidad de su vida interior y en el silencio de adoración. Es humilde y es grandiosa. Se considera capaz de adaptarse a cada cultura, y de animar sus valores más altos, al mismo tiempo la vemos revindicar para sí misma los hogares y los corazones de los pobres, los ordinarios, y las masas de los sencillos y desposeídos. No cesa por un instante -y su inmortalidad asegura la continuidad- de contemplar al que es a la vez crucificado y resucitado, el hombre de dolores y señor de la gloria, derrotado por el mundo pero salvador del mundo. El es su esposo ensangrentado y su maestro glorioso. De su corazón generoso, siempre abierto y a la vez siempre ostentosamente secreto, la Iglesia ha recibido su existencia y la vida que desea comunicar a todos…

"La Iglesia es mi madre porque me ha introducido en una vida nueva. Es mi madre porque su preocupación por mí nunca descansa, y además hace esfuerzos por interiorizar esa vida en mí, a pesar de mi cooperación poco entusiasta. Y aunque esta vida puede tener un ligero y tímido crecimiento en mí, he visto su pleno florecimiento en otros…

"¡Felices los que han aprendido desde su niñez a ver en la Iglesia a su madre! ¡Más felices aún aquellos a los que la experiencia, en cualquiera que sea el sendero de la vida, ha confirmado en su verdad! ¡Felices los que un día entendieron totalmente la novedad, la riqueza y la profundidad de la vida que se les comunicó por esta madre!”[20]



Conclusión


Una mirada como la que hemos realizado a través del pensamiento eclesiológico del Cardenal Henri de Lubac, nos muestra a un teólogo sumamente preocupado por la unidad de la Iglesia, cuyo fundamento está dado en la obra salvífica de Jesucristo, extendido y comunicado. La Iglesia, cuya santidad, como su catolicidad, le es intrínseca, está llamada a la unidad fundada en la caridad. Por ende la ruptura de la unidad en el cisma es una ruptura de la caridad, y atenta contra lo más querido por Cristo.


Por otro lado, el Cardenal de Lubac refrendó su postura con su vida. Luego de los inconvenientes que sufrió por sus posturas con respecto a la cuestión de la historicidad del estado de naturaleza pura, y el tema de la gracia en el hombre (todo lo expuesto en su obra Surnaturel) vivió y escribió aceptando con mansedumbre las críticas que su desarrollo teórico despertó, y haciendo una protesta encendida de fidelidad y amor, tanto en su Meditación sobre la Iglesia como en su vida personal.


Pero con todo, aún recuperando la unidad perdida; aún extendiendo el Evangelio por todo el orbe, no llegará la Iglesia al fin de su existencia en esta peregrinación terrenal:

“La Iglesia sabe muy bien que jamás triunfará plenamente del mal, es decir, de la desunión, acá abajo. Sabe que el «estado de guerra» teniendo como tiene su germen en el corazón de cada uno, será hasta el fin el estado de nuestra condición terrena. La gran ciudad construida por Caín a fuerza de crímenes no será jamás arruinada mientras subsista el tiempo. El «mundo», en sentido maldito, remonta incesantemente por mil fuentes desde el mismo interior de los islotes ganados a su fangoso océano. La Iglesia, a medida que se extiende, lo encuentra dentro de sí misma más sutilmente amenazador. Ella lo sabe. Sabe también que los más seguros progresos y las conquistas más admirables del hombre tienen siempre algo de ambiguo, de donde el mal puede sacar partido. El «Misterio de la iniquidad» todavía no ha ejercido sin duda sus mayores estragos”[21].

Su perspectiva sigue siendo escatológica, como el primer día. Y sin embargo, dice de Lubac, intenta sin descanso la obra imposible.


Algunos de los escritos del Cardenal De Lubac:


Catholicisme, les aspécts sociaux du Dogme, (1938)

Le drame de l’humanisme athée (1944)

Hábeas Mysticum, 1944

Surnaturel (1946)

Méditation sur l’Eglise (1953)

Sur les chemins de Dieu (1956)

Paradoxes (1959)

Exégèse médiévale, les quatres sens de l’Êcriture (4 volúmenes, 1959-1964)

Le pensée religieuse du Père Teilhard de Chardin (1962)

Le mystère du surnaturel (1965)

L’Ecriture dans la Tradition (1966)

La foi chrétienne (1970)

Numerosos artículos en revistas de Teología

Conferencias


Bibliografía de este trabajo:


· T. M. Schoof: La Nueva Teología Católica; Ediciones Carlos Lohle,Bs.As.; México, 1971.

· Le Cardinal Henri de Lubac, article du Pére Michel Fédou, publié dans la revue Croire aujurd’hui.

  • Henri de Lubac: Meditación sobre la Iglesia, Ediciones Desclee de Brouwer, 1964.

  • Henri de Lubac: Catolicismo, Aspectos sociales del dogma, Editorial Estela, Barcelona, 1963

  • Revue Thomiste, 101, (2001)PP. 31-34: Le surnaturel, discernement de la pensée catholique selon Henri de Lubac.

  • Felix Sánchez Caro: Henri de Lubac, en Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1981, Tomo 7, Pags. 360 y 361




[1] Henri de Lubac: Meditación sobre la Iglesia, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1964, Pag. 182.


[2] Henri de Lubac: Meditación sobre la Iglesia, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1964, Pag. 183.


[3] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, PP. 36,37


[4] Citando a Orígenes y a Cipriano.


[5] Citando a Orígenes y a Cipriano. De Lucab, Meditación sobre la Iglesia, p. 100.


[6] Dice el cardenal en “Meditación…”, Pag. 101, siguiendo a Santo Tomás en 3, q.8, a.3, ad 2.


[7] Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1964, Pag. 103


[8] Henri de Lubac, Idem, P. 102


[9] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, Pag. 40


[10] En De Sacramentis, 1.2 p13c11.


[11] Citando a Cipriano en Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, Pag. 56


[12] Adversus Marcionem, 1.5 c19


[13] De Mystici Corporis, de ss Pío XII


[14] Henri de Lubac, Meditación sobre la Iglesia, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1964, Pag. 100-101


[15] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, Pag. 157.


[16] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, PP. 159, 160


[17] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, Pag. 161.


[18] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, Pag. 167.


[19] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, PP. 169, 170


[20] Henri de Lubac, S.J., La Iglesia: Misterio y Paradoja, traducido por James R. Dunne, Alba House, pp. 2-4


[21] Henri de Lubac, Catolicismo, aspectos sociales del dogma, Ed. Estela, Barcelona, 1963, PP.

196, 197.



Tomado de: http://www.hacialascumbres.com.ar/FE%20Y%20RAZON/de_lubac.htm

 
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